YO NO SOY UN HIJO ROTO.
Era una situación previsible, pero por muchos motivos Aitor nunca quiso asumirla, se ponía unas gafas de ignorancia y cerraba los ojos cuando veía a sus padres discutir, o cuando, a escondidas y sin querer, los sorprendía hablando sobre su separación.
Pero llegó el día en que no tuvo más remedio que oír de boca de su madre: “Aitor tu padre y yo nos vamos a separar”. Ese día las palabras se clavaron en su corazón como cuchillos. Y su dolor sangraba amargamente por sus ojos en forma de una riada de lágrimas que fueron acogidas dócilmente por su almohada.
Toda la noche llorando, ningún consuelo acudía en su búsqueda, tan solo su perrita “Tai”, acurrucada tiernamente a su lado, parecía compartir su tristeza. Pero tampoco esto lo consolaba porque incluso de ella tendría que separarse.
Ahora, tras la separación, Aitor abandonaría su casa de siempre para ir a vivir con su madre en la ciudad, muy cerca del nuevo instituto, y Tai se quedaría allí; Alberto, su mejor amigo, su hermano de aventuras y desventuras, también. Sus compañeros de “cole” y de “ciber”, sus recuerdos, sus juegos callejeros y toda su vida quedarían atrás.
Sus padres se separaban y al él lo alejaban de todos y de todo.
No era justo, el dolor se mezclaba con la rabia, y de la mezcla surgía el odio. En ese momento odiaba a sus padres. Un sin fin de preguntas acudían a su mente. ¿Acaso no son mayores? ¿Entonces por qué no saben solucionar sus problemas? ¿Y yo, acaso no importo? ¿Por qué deciden sin contar conmigo? ¿A lo mejor no me quieren? Sí, seguro que es eso. Se han cansado de mí.
En ese momento Aitor se sentía como aquel juguete roto que abandonamos en un rincón para que no nos estorbe nada. Sí, Aitor se sentía un niño roto del que ya se han cansado y al que abandonan sin ninguna consideración.
-Pero ¿por qué? No lo entiendo. ¿Por qué han dejado de quererse? Yo les sigo queriendo y no es tan difícil. ¿Qué dirá Alberto cuando sepa que me voy?
Y justo en el momento en que su dolor era más intenso y la habitación estaba tan oscura como su alma, en ese mismo momento, decidió que escribiría una carta para Alberto donde le explicaría su partida. Así que cogió su pluma de los grandes acontecimientos, esa con la que pensaba rellenar la matrícula del primer año de instituto junto con su amigo, y escribió:
“Querido Alberto, tengo que darte una noticia que no te va a gustar, a mí tampoco me gusta. Siéntate un rato y lee. Mis padres me han dicho hoy que se van a separar, y que mi madre y yo nos iremos a vivir a la ciudad.
Sí, ya sé que eso anula nuestros planes de ir juntos al instituto y de fundar nuestro club de ajedrez. Sé también que así será imposible convertirnos en los chicos más populares y más ligones de este lado del río Segura.
Desgraciadamente sé que si yo no soy tu compañero, te resultará más difícil acercarte a tu soñada Sofía, pero…
- Y justo en ese momento Aitor paró de escribir porque las letras aparecían borrosas ante sus ojos. Se secó las lágrimas y continuó.-
Pero quiero que sepas que no me voy para siempre, que yo volveré a casa cada fin de semana, entonces podrás contarme los avances de tu conquista y podremos salir como siempre con la pandilla. Como yo haré los deberes rápidamente, y espero que tú también, tendré todo el tiempo para estar contigo.
Y haremos cosas con mi padre, pescaremos, jugaremos al padel con el tuyo…
¡Ah!, y no pienses ni por un momento que me voy a olvidar de ti o que te voy a sustituir por otros amigos. ¡Eso ni soñarlo chaval! Solo cambio de domicilio, no de amigos. Es cierto que a lo mejor ahora conozca más gente y añada alguno a mi lista, pero no te preocupes, los que estáis ahora no dejaréis nunca de estarlo.
- En ese instante una brisa de optimismo le recorrió la cara y si no hubiera sido por su dolor, incluso una sonrisa hubiera podido dibujarse en sus labios. Pero aún sin sonreír, una lucecita de color verde se encendió tímidamente en su interior cuando se sorprendió escribiendo que tener dos casas a lo mejor resultaba una ventaja. Sobre todo si una de ellas estaba en la ciudad. A lo mejor eso era una buena excusa para ir a los conciertos de Stopa o para poder ir algún fin de semana al fútbol y ver a los equipos de primera división.-
No puedo seguir en este pueblo, he de irme. Pero siempre, siempre, serás mi mejor amigo y eso no va a cambiar nunca, pase lo que pase”.
Cuando hubo terminado, tuvo la impresión de que todo lo que había escrito le resultaba familiar y entonces la voz de su madre resonó fuerte en su cabeza diciendo: “Nosotros no queremos ni podemos seguir viviendo juntos y nos vamos a separar. Pero nadie se va a separar de ti. Te queremos y eso no va a cambiar nunca. Nunca dejarás de ser nuestro hijo. Aunque conozcamos a más personas y lleguemos a quererlas, ninguna de ellas te robará ni un ápice del amor que sentimos por ti”.
Sí, eran las mismas palabras de la noche anterior, pero ahora las comprendía tan bien como si fueran propias, porque aunque las de sus padres eran palabras distintas, describían exactamente los mismos sentimientos que él le había escrito a Alberto.
Así que cogió otro papel y esa preciosa pluma de los grandes acontecimientos que le había regalado su padre cuando cumplió los catorce y escribió:
“Queridos papá y mamá, ya sé que os vais a separar, pero me niego a escribiros por separado. Así que he decidido escribiros a los dos a la vez, para comunicaros varias cosas:
Primero: Que no me gusta nada vuestra separación.
Segundo: Que estoy dispuesto a esforzarme para aceptar vuestra separación
Tercero: Que he decidido no separarme, ni ahora ni nunca, de ninguno de vosotros.
Cuarto y muy importante: Que he decidido que no dejaré, ni ahora ni nunca, que ninguno de los dos os separéis de mí.
Sí, yo sé que no podéis vivir juntos, pero espero que nunca me hagáis elegir entre vosotros dos, porque yo os necesito a los dos.
Sí, necesito tu mal humor cuando pierde tu equipo, y esa manera tuya de hacerme las tortillas más buenas de las galaxias. Necesito que me alientes cuando tengo exámenes de mates. Necesito que me quieras y quererte porque eres mi mejor héroe, mi padre.
Pero igualmente necesito que me ayudes a organizar mi tiempo y mis tareas, que me arropes cuando tengo fiebre, que me expliques la filosofía, que me aconsejes con las chicas. Necesito tus manos que me acarician, tu cara que recibe dulce y suave mis besos, “Te necesito nena, porque siempre serás mi chica preferida, mami”.
No sé como explicaros que me da mucha rabia vuestra incapacidad para solucionar vuestros problemas, que odio que me tenga que ir a vivir a otro sitio, que no estoy seguro de que estéis haciendo lo mejor para todos.
Mamá, Papá, creedme cuando os digo que intento comprenderos, aunque me duele mucho vuestra separación, ¡tanto!
Me duele, me duele, me duele, me duele…
- Y en ese momento dejó la pluma encima de la mesa. Les había escrito y les había dicho cómo se sentía exactamente. Seguía sin querer la separación, pero ahora él les comprendía mejor y ya no le dolía tanto. Y desde luego ya no se sentía un niño roto. Así que cogió de nuevo la pluma y concluyó la frase que había dejado a medias-.
Me duele, me duele, me duele, me duele… Pero yo os quiero tanto que no voy a consentir nunca, que os convirtáis en unos “padres rotos”.
Y los padres leyeron la carta. Y los tres se abrazaron. Y se separaron y fue una situación bastante difícil. Y sufrieron. Pero todos pusieron de su parte. Y quizás sí que eran una familia distinta, pero aprendieron y se esforzaron para que nunca fueran una “familia rota”.